Hoy terminé de leer el diario de ayer. En verdad no lo leí todo. Nunca lo leo entero (así y todo le encuentro faltas de ortografía cada vez que lo leo). Hoy fue el turno de Artes y Letras... ¿Cuándo le van a poner subtítulo (avisos laborales)? ...y me acordé de mí escribiendo sobre las cosas que se propone la gente cada vez que se inicia un nuevo año, porque alguien, -cuyo nombre ya olvidé- escribió un artículo sobre Umberto Eco y su libro relacionado con listas... y para iniciar su escrito partió comentando los propósitos de año nuevo. Y me di cuenta de que yo también soy una criticona de las listas. Sobre todo si se trata de listas de cosas por hacer: creo que 19 de cada 20 son inútiles... ojo, que hablo de listas pero no de agendas. Una cosa es programarse, cosa que funciona cuando no se mide el tiempo con resortes y/o se sabe bien lo que tarda cada tarea. Y como soy criticona de listas, siento que tengo algo que decir.
Lo segundo que se me vino a la cabeza mientras leía, fueron los 1001 (a) que (b) antes de morir, título de mil y un libros que se encuentran en cualquier librería de surtido decente, en el que (a) es un sustantivo y (b) un verbo: pinturas que ver, platos que probar, lugares/monumentos que visitar, cosas que saber, películas... libros... y así, según el tema con que se obsesione el autor. ¿Por qué me imagino que ese autor puede ser fotógrafo? Y la porquería también tiene versión en la tv, en People and Arts (Discovery Networks) que tiene 1000 lugares que ver antes de morir. A estas alturas, el número empieza a perder importancia, no porque no recuerdo si el programa es acerca de 1000 o de 1001 lugares, sino porque eso trae a la mente todos los otros números: los Top 20, 10 ó 5 de MTV, que variaban semana a semana (¿siguen existiendo?), los millonarios de la revista Forbes, los autos más eficientes, las bellas, los guapos, los mejor/peor vestidos...
¿Para qué diablos se hace una lista, ah? Si me preguntan a mí, debe ser el gusto por ordenar las cosas, porque la lista no es sólo cosas que se nombran formando parte de un grupo; si es por eso no tienen gracia... la gracia está en presentarlas de alguna forma particular. Un índice no es índice si indicase absolutamente todo. La gracia del ranking está en saber cuál es el mejor (sea lo que sea). Ahora, el objetivo de las listas se transforma en el chiste: ¿Para qué diablos sirven?
Siempre una lista entrega información. A veces es útil, a veces no; pueden ser datos serios u opiniones sin importancia. Siempre tiene su lector-objetivo. Pero, si el dato no me interesa, por muy bien presentado que esté, me siento como leyendo el horóscopo: súper bueno un ranking de MBAs... pero yo no pretendo hacer un MBA (después de leer un horóscopo olvido lo que decía, pero hay viejas que saben todo lo que les ha dicho Yolanda Sultana durante la semana).
Pienso ahora en los 1001 libros sobre 1001 cosas: los publican como si ya no se hicieran más películas, o libros, o pinturas. ¿Y si el próximo Van Gogh anda escondido por ahí y aparece la próxima semana? ¿Podrán esas 1001 pinturas hacerme temblar como cuando vi un Van Gogh en Bs Aires? ¿Cuántas películas buenísimas aparecerán mientras trato de ver las 1001 recomendadas? ¿Cuántos libros? ¿Qué tal si una de esas listas las hiciera yo? ¿Le serviría a alguien que no sea yo? ¿1001 plantas que usted no conoce?
También recuerdo que las listas de compras... ehhhh... no siempre me sirven: si es mental, se me olvida algo; si es escrita, al final no la tengo siempre en las manos, y termino olvidando una de las cosas que salí a comprar. Vuelvo a creer que tengo déficit atencional... en verdad, ya dejé de pensar en la inutilidad de las listas: llevo rato viendo tv. Y olvidé que quería ver Grey's Anatomy.
Según el diario que leí el sábado, la internet puede tener algo de culpa.
Ya se me desordenó el sueño. Oficialmente, declaro que padezco de horario de vacaciones. Y no es tan bueno como suena.
20100102
Happy new year
Cuando era una niña chica, el día de mi cumpleaños era... ¡¡¡guauuu!!! Era el gran evento del año. No había una gran celebración, pero era MI día, era el día en que YO contaba un año más de vida, era el día dedicado a (y para) MÍ. Mi mamá invitaba a sus amigas a mi cumpleaños, y los hijos de los amigos de mi mamá pasaban a ser mis amigos durante dos días al año: en mis cumpleaños, y en sus cumpleaños; nunca invité a mis compañeros de curso ni nada parecido... amigos del barrio casi ni tuve, y en verdad daba lo mismo quién llegara, lo importante era que -obvio- me trajeran un regalo, y que no asistiese alguien desagradable. Como a los 13 se me metió entre ceja y ceja que yo haría mi propia torta de cumpleaños... y el día de mi cumpleaños ya no sólo escogía mi torta: la hacía a mi manera. Con el tiempo mi cumpleaños se sentía cada vez menos importante, después de todo, parece que eso de cumplir veintisiempre es cierto: desde los... desde los 22 que parece que el tiempo se estanca, y yo no crezco mucho. ¿Qué tan importante será seguir cumpliendo años?
De una forma parecida se han ido des-importantizado los años nuevos... los de calendario: pasar del 31 de diciembre al 1º de enero. Antes era... era... ay, no sé qué era el año nuevo para Layz-niña. Era un día muy especial para mucha-mucha gente, y para mí se volvía más especial aún, porque mis papás trabajaban en esa noche. Los clientes celebraban, garzonas y cocineros se lamentaban no poder estar con sus familias (aunque siempre había una mesa dispuesta para esas familias, no eran muchos los que iban), y mis papás... mis papás sólo trabajaban. La gracia de año nuevo era que me podía ir a dormir tarde (era muy raro que estuviese despierta después de las 22h), porque mi mamá no tenía tiempo de hacer una pausa y llevarme a dormir. Añitos después apareció el asunto de los juegos artificiales, o fuegos pirotécnicos (como una vez me dijo una señora de muchas arrugas y aliento bien alcohólico), y el año nuevo tenía un objetivo que no era sino el de mirar esas bengalitas que parecían tener vida propia... al menos por unos pocos segundos.
Hasta que me aburrí de tooodo año nuevo. Para el año nuevo 2000, tuve una idea genial: hacer algo que no recordaba haber hecho en año nuevo: dormir. Sí, pasar el cambio de día/mes/año/década/milenio/o-lo-que-haya-sido, durmiendo... En verdad estaba un poco aburrida de esperar tan atentamente algo que no tenía mayor gracia que la víspera de feriado que es. Y así, parece que la noche de todo 31/dic se vuelve tanto o más normal que cualquier otra noche.
Pero de vez en cuando, tengo ganas de celebrar mi cumpleaños, aunque más que celebrar mi cumpleaños, estoy buscando un pretexto para salir con unos pocos amigos, y juntarnos a conversar de la vida, disfrutando de un trago y algo que comer. Aún no encuentro pretextos para celebrar año nuevo. Pero anteanoche sí hice algo que nunca había hecho: ir al centro, a ver la lluvia de pólvora prendida que sale desde la torre Entel. Hummm... después de todo, parece que sí uso la noche de año nuevo para celebrar, aunque de celebración tiene poco: hacer algo nuevo, sea o no sea parecido al actuar del ser humano ordinario. Fui a ver la pirotecnia, pero no entre la gran masa carretera de la Alameda; encontramos una callecita con una vista suficientemente genial, a una cuadra de la torre; había mucha gente, pero en ningún caso era demasiada, y lo mejor de todo: no es necesario llegar con horas de anticipación.
Cosa aparte es eso de los deseos para el año nuevo. Con todo lo chilena que soy, las buenas intenciones siempre se diluyen en el exceso de tiempo que se tiene para llevarlas a cabo. Cuando en el colegio las profes dejaron de decir "dibujen lo que hicieron en las vacaciones", también comenzaron a invitarnos a pensar en lo que pretendíamos lograr durante el año escolar que comenzaba. La respuesta típica era subir las notas, aunque tb habían quienes agregaban portarme bien (seguramente se vieron decepcionados ante el regalo pascuero que no querían). Mi subir las notas se olvidaba en cinco minutos, y no creo que a alguien le haya durado más que eso. Por otra parte, en el mundo de los grandes, todas las tarjetas desean próspero año nuevo... ¿Será idea mía o eso suena a materialismo puro?
A la hora de pensar en cosas para el año que viene, no suelo pensar en algo concreto, no suelo esperar algo. Este año espero querer algo y espero hacer algo. No sé qué, sólo sé que quisiera poder querer algo, quisiera poner una meta para llegar a ella. Quiero tener un objetivo, no necesariamente algo evidente (como acabar aquél proyecto de título), pero sí algo que nazca de mí, de adentro; da lo mismo si viene de la guata, de la cabeza o del alma... la cosa es que sea algo que quiera yo, sin importarme si es lo que espera de mí alguien más. A veces siento que eso es mucho querer.
A la hora de los deseos y autocompromisos de año nuevo, envidio a los gringos (y extiéndase a toda la "extranja" del hemisferio norte): sus deseos de año nuevo no se manifiestan exactamente al mismo tiempo que los deseos para el año escolar o laboral... si están de vacaciones en julio, como que el año se les divide, y se pueden plantear compromisos cada seis meses, en los que es menos probable que se diluyan las buenas intenciones. OK, esta cosa chilena de todo a última hora influye de sobremanera en aquella dilución, pero por eso mismo, poder plantearse cosas dos veces al año suena beneficioso. Pero estoy en el hemisferio sur, y el año se termina en diciembre: se termina el calendario, se terminan las clases, se hacen las pausas para vacaciones de verano (ergo, se termina el año laboral... o eso es lo que se siente)... se cierra todo, se siente que un año gastado o malgastado fue una oportunidad perdida, salvo que haya sido próspero en demasía (lo que no le ocurre a la mayoría)... Definitivamente, siento que la página es más gruesa y pesada en este lado del Globito. Creo que seguiré prefiriendo bajarle la importancia al cambio de folio-calendario. ¿Y podré distribuir mis eventuales planes-deseos-compromisos a lo largo del año? Difícil... tendría que inventar marquitas para inventar años nuevos dentro del año... ¿Y en base a qué? ¡¡Mierrrdaaa!! ¿¿Podré omitir los ciclos-calendario?? Creo que su existencia me complica un poquito... mucho.
Aggg... Me duele el cuello desde que abrí cierto archivo que contiene ciertas cosas relacionadas con cierto experimento... algo entre polen y uvas. Y ya estoy dejando de creer que sea una coincidencia.
De una forma parecida se han ido des-importantizado los años nuevos... los de calendario: pasar del 31 de diciembre al 1º de enero. Antes era... era... ay, no sé qué era el año nuevo para Layz-niña. Era un día muy especial para mucha-mucha gente, y para mí se volvía más especial aún, porque mis papás trabajaban en esa noche. Los clientes celebraban, garzonas y cocineros se lamentaban no poder estar con sus familias (aunque siempre había una mesa dispuesta para esas familias, no eran muchos los que iban), y mis papás... mis papás sólo trabajaban. La gracia de año nuevo era que me podía ir a dormir tarde (era muy raro que estuviese despierta después de las 22h), porque mi mamá no tenía tiempo de hacer una pausa y llevarme a dormir. Añitos después apareció el asunto de los juegos artificiales, o fuegos pirotécnicos (como una vez me dijo una señora de muchas arrugas y aliento bien alcohólico), y el año nuevo tenía un objetivo que no era sino el de mirar esas bengalitas que parecían tener vida propia... al menos por unos pocos segundos.
Hasta que me aburrí de tooodo año nuevo. Para el año nuevo 2000, tuve una idea genial: hacer algo que no recordaba haber hecho en año nuevo: dormir. Sí, pasar el cambio de día/mes/año/década/milenio/o-lo-que-haya-sido, durmiendo... En verdad estaba un poco aburrida de esperar tan atentamente algo que no tenía mayor gracia que la víspera de feriado que es. Y así, parece que la noche de todo 31/dic se vuelve tanto o más normal que cualquier otra noche.
Pero de vez en cuando, tengo ganas de celebrar mi cumpleaños, aunque más que celebrar mi cumpleaños, estoy buscando un pretexto para salir con unos pocos amigos, y juntarnos a conversar de la vida, disfrutando de un trago y algo que comer. Aún no encuentro pretextos para celebrar año nuevo. Pero anteanoche sí hice algo que nunca había hecho: ir al centro, a ver la lluvia de pólvora prendida que sale desde la torre Entel. Hummm... después de todo, parece que sí uso la noche de año nuevo para celebrar, aunque de celebración tiene poco: hacer algo nuevo, sea o no sea parecido al actuar del ser humano ordinario. Fui a ver la pirotecnia, pero no entre la gran masa carretera de la Alameda; encontramos una callecita con una vista suficientemente genial, a una cuadra de la torre; había mucha gente, pero en ningún caso era demasiada, y lo mejor de todo: no es necesario llegar con horas de anticipación.
Cosa aparte es eso de los deseos para el año nuevo. Con todo lo chilena que soy, las buenas intenciones siempre se diluyen en el exceso de tiempo que se tiene para llevarlas a cabo. Cuando en el colegio las profes dejaron de decir "dibujen lo que hicieron en las vacaciones", también comenzaron a invitarnos a pensar en lo que pretendíamos lograr durante el año escolar que comenzaba. La respuesta típica era subir las notas, aunque tb habían quienes agregaban portarme bien (seguramente se vieron decepcionados ante el regalo pascuero que no querían). Mi subir las notas se olvidaba en cinco minutos, y no creo que a alguien le haya durado más que eso. Por otra parte, en el mundo de los grandes, todas las tarjetas desean próspero año nuevo... ¿Será idea mía o eso suena a materialismo puro?
A la hora de pensar en cosas para el año que viene, no suelo pensar en algo concreto, no suelo esperar algo. Este año espero querer algo y espero hacer algo. No sé qué, sólo sé que quisiera poder querer algo, quisiera poner una meta para llegar a ella. Quiero tener un objetivo, no necesariamente algo evidente (como acabar aquél proyecto de título), pero sí algo que nazca de mí, de adentro; da lo mismo si viene de la guata, de la cabeza o del alma... la cosa es que sea algo que quiera yo, sin importarme si es lo que espera de mí alguien más. A veces siento que eso es mucho querer.
A la hora de los deseos y autocompromisos de año nuevo, envidio a los gringos (y extiéndase a toda la "extranja" del hemisferio norte): sus deseos de año nuevo no se manifiestan exactamente al mismo tiempo que los deseos para el año escolar o laboral... si están de vacaciones en julio, como que el año se les divide, y se pueden plantear compromisos cada seis meses, en los que es menos probable que se diluyan las buenas intenciones. OK, esta cosa chilena de todo a última hora influye de sobremanera en aquella dilución, pero por eso mismo, poder plantearse cosas dos veces al año suena beneficioso. Pero estoy en el hemisferio sur, y el año se termina en diciembre: se termina el calendario, se terminan las clases, se hacen las pausas para vacaciones de verano (ergo, se termina el año laboral... o eso es lo que se siente)... se cierra todo, se siente que un año gastado o malgastado fue una oportunidad perdida, salvo que haya sido próspero en demasía (lo que no le ocurre a la mayoría)... Definitivamente, siento que la página es más gruesa y pesada en este lado del Globito. Creo que seguiré prefiriendo bajarle la importancia al cambio de folio-calendario. ¿Y podré distribuir mis eventuales planes-deseos-compromisos a lo largo del año? Difícil... tendría que inventar marquitas para inventar años nuevos dentro del año... ¿Y en base a qué? ¡¡Mierrrdaaa!! ¿¿Podré omitir los ciclos-calendario?? Creo que su existencia me complica un poquito... mucho.
Aggg... Me duele el cuello desde que abrí cierto archivo que contiene ciertas cosas relacionadas con cierto experimento... algo entre polen y uvas. Y ya estoy dejando de creer que sea una coincidencia.
20091219
Así es...
Estoy aburrida Perdón... digo... Sigo aburrida. Los días pasan, y a veces parece que el tiempo se hubiera detenido, pero sólo para mí. Gracia sería que se detuviera para todos.
Cambié de psicólogo hace casi dos meses... en verdá nunca enganché con el anterior, ni con la anterior a ése. Hubo que poner en práctica lo que solía decir, y que olvidé: cada vez que me alguien me preguntaba cómo elegir psicólogo, yo respondía "ve con cualquiera, y si no te gusta, te cambias". Eso sí, el consejo trae segunda parte, porque a veces las cosas son tan poco claras (y las consultas tan cortas) que no se alcanza a plantear todo aquello que parece ser el problema: "si sientes que faltó tiempo y que vale la pena una segunda oportunidad, dale no más". Pero lejos de la tercera es la vencida, sólo porque mi experiencia en primeras veces con psicólogos dicen que con dos intentos es suficiente. Si no se está suficientemente cómod@ a la primera ni a la segunda, la tercera sólo será más de lo mismo. Estas son las cosas que se recuerdan al recapitular... al mirar de una sola vez todas las veces que he ido al psico. Mirando de nuevo esas muchas cosas "psicologo-lógicas", me sorprendo al pensar en cómo fue que llegué a tener psico nuevo: Sentía que tenía un problema nuevo... en verdad el problema era viejo, sólo que no sabía que era tan importante... tanto como para ser el problema nº1. Y sentí que abría los ojos y todo era nuevo, y necesitaba alguien nuevo para ayudarme a pensar en este problema (no tan) nuevo. Unas palabras similares usé ante el loquero, cuando le dije que me daba cuenta de lo que ocurría, y me preguntó si acaso sería un psicólogo en vez de psicóloga... y yo, la verdad es que ni lo había pensado... yo decía "psicólogo" así como decimos "nosotros" en un grupo de 5 mujeres y un hombre (hasta el idioma es machista), y me di cuenta de que sólo había tenido psicólogas. Luego, el género al que perteneciese mi nuev@ terapeuta me volvió a no-importar, y eché a correr la suerte... y llegué a un nuevo psico... y aunque no me importe mucho que pertenezca al sexo opuesto, no puedo dejar de pensar en que eso puede haber sido una bendición, porque (Oh! Demonios!!) la perspectiva desde la que me están haciendo mirar es increíblemente distinta... tanto que fui capaz de desclasificar mis primeros deseos suicidas... cosa que tenía tan escondida que nunca la recordaba al hablar de mi vida o de mí.
Ahora, ¿Qué diablos es esa "comodidad" con la que se habla de todo frente a un extraño? En mi caso, no soy muy buena para narrar mi mundo interior, así es que necesito que me pregunten cosas, lo que sea... algo extra aparecerá con cada respuesta. Necesito sentir que hablo con alguien, pero que a la vez hablo con nadie; o sea, hay un individuo que me escucha, que piensa en lo que le digo, que me critica lo que diga que piense o que haga, pero no me está criticando a mí, sino que me ayuda a pensar en mí. Es como tener un cerebro extra: dos cabezas piensan más que una, pero es necesario que ambas sean igual de buenas pensando, y eso significa sentir que me están entendiendo. En una primera sesión (y con mi historial) eso es difícil, pero mis entrañas sintieron que si hay un individuo frente a mí, que escucha atentamente, sin poner cara de crítica personal, y que usa zapatillas de lona al mismo tiempo que un pantalón de casimir o gabardina, debe ser capaz de entenderme a mí, que me gusta la mezcla que resulta de usar falda y zapatillas... (en lugar de falda y sandalias). Una segunda sesión parecía valer la pena. Y lo fue. Ahora pienso en las mismas cosas, pero en forma muy distinta. Mi comportamiento aparente no cambia en nada, pero yo me siento un poquito menos insignificante que antes.
Así es.
Cambié de psicólogo hace casi dos meses... en verdá nunca enganché con el anterior, ni con la anterior a ése. Hubo que poner en práctica lo que solía decir, y que olvidé: cada vez que me alguien me preguntaba cómo elegir psicólogo, yo respondía "ve con cualquiera, y si no te gusta, te cambias". Eso sí, el consejo trae segunda parte, porque a veces las cosas son tan poco claras (y las consultas tan cortas) que no se alcanza a plantear todo aquello que parece ser el problema: "si sientes que faltó tiempo y que vale la pena una segunda oportunidad, dale no más". Pero lejos de la tercera es la vencida, sólo porque mi experiencia en primeras veces con psicólogos dicen que con dos intentos es suficiente. Si no se está suficientemente cómod@ a la primera ni a la segunda, la tercera sólo será más de lo mismo. Estas son las cosas que se recuerdan al recapitular... al mirar de una sola vez todas las veces que he ido al psico. Mirando de nuevo esas muchas cosas "psicologo-lógicas", me sorprendo al pensar en cómo fue que llegué a tener psico nuevo: Sentía que tenía un problema nuevo... en verdad el problema era viejo, sólo que no sabía que era tan importante... tanto como para ser el problema nº1. Y sentí que abría los ojos y todo era nuevo, y necesitaba alguien nuevo para ayudarme a pensar en este problema (no tan) nuevo. Unas palabras similares usé ante el loquero, cuando le dije que me daba cuenta de lo que ocurría, y me preguntó si acaso sería un psicólogo en vez de psicóloga... y yo, la verdad es que ni lo había pensado... yo decía "psicólogo" así como decimos "nosotros" en un grupo de 5 mujeres y un hombre (hasta el idioma es machista), y me di cuenta de que sólo había tenido psicólogas. Luego, el género al que perteneciese mi nuev@ terapeuta me volvió a no-importar, y eché a correr la suerte... y llegué a un nuevo psico... y aunque no me importe mucho que pertenezca al sexo opuesto, no puedo dejar de pensar en que eso puede haber sido una bendición, porque (Oh! Demonios!!) la perspectiva desde la que me están haciendo mirar es increíblemente distinta... tanto que fui capaz de desclasificar mis primeros deseos suicidas... cosa que tenía tan escondida que nunca la recordaba al hablar de mi vida o de mí.
Ahora, ¿Qué diablos es esa "comodidad" con la que se habla de todo frente a un extraño? En mi caso, no soy muy buena para narrar mi mundo interior, así es que necesito que me pregunten cosas, lo que sea... algo extra aparecerá con cada respuesta. Necesito sentir que hablo con alguien, pero que a la vez hablo con nadie; o sea, hay un individuo que me escucha, que piensa en lo que le digo, que me critica lo que diga que piense o que haga, pero no me está criticando a mí, sino que me ayuda a pensar en mí. Es como tener un cerebro extra: dos cabezas piensan más que una, pero es necesario que ambas sean igual de buenas pensando, y eso significa sentir que me están entendiendo. En una primera sesión (y con mi historial) eso es difícil, pero mis entrañas sintieron que si hay un individuo frente a mí, que escucha atentamente, sin poner cara de crítica personal, y que usa zapatillas de lona al mismo tiempo que un pantalón de casimir o gabardina, debe ser capaz de entenderme a mí, que me gusta la mezcla que resulta de usar falda y zapatillas... (en lugar de falda y sandalias). Una segunda sesión parecía valer la pena. Y lo fue. Ahora pienso en las mismas cosas, pero en forma muy distinta. Mi comportamiento aparente no cambia en nada, pero yo me siento un poquito menos insignificante que antes.
Así es.
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